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¿Todos y todas?

¿Todos y todas?

Recientemente, la Real Academia de la Lengua Española se pronunció con respecto a la tendencia creciente con respecto al uso de formas en las que se indican ambos sexos en el discurso. Esta necesidad motivada por diversos sectores sociales impacta directamente en la gramática tradicional, la misma que ha acuerpado el uso genérico del masculino para referirse a ambos sexos en la conformación del plural. De forma sencilla, la Real Academia ha manifestado que la tendencia a evitar el uso de esta forma genérica carece de sentido e induce al hablante a “un cansancio discursivo”.

Esto quiere decir, entre otras cosas, la Real Academia refuta que el uso de la lengua tenga una relación directa con la lucha por la equidad entre hombres y mujeres, tanto en su participación social como en sus derechos. Por ejemplo, manifestar en una reunión expresiones como “compañeros y compañeras” poco favor hace a la lucha constante por la valoración real del papel de la mujer. Es claro que otras situaciones en el devenir diario impactan con mayor determinación que el simple uso del lenguaje.

Es cierto que la lengua es el resultado de una evolución constante, pero dicha evolución no necesariamente implica cambios tan acelerados e impuestos. En su necesidad por evadir un lenguaje sexista, esta tendencia que hoy rechaza la Real Academia propició el uso de formas risibles, tanto en la expresión oral como en la manifestación escrita. El símbolo @ pasó a adquirir un sentido gráfico insospechado. Es así que en el uso de la lengua de ciertos hablantes -principalmente en redes sociales- empezó a convertirse en común la articulación de palabras como tod@s (para referirse a todos y todas); muchach@s (para referirse a muchachos y muchachas) y así con múltiples casos. Paradójicamente, esta necesidad discursiva que pretendía complacer el hambre de inclusión de ciertos sectores sociales redundó en el uso de un solo término. Finalmente, ¿no es más sencillo escribir y decir todos o escribir y decir muchachos que someterse al suplicio de la duplicidad?

La lucha por el respeto y la valoración de la mujer debe librarse en otras trincheras. Reconocer su importancia simplemente en el uso de la lengua es como un bálsamo ingrato. Podremos decir todos y todas pero habrá mujeres que seguirán padeciendo los desaciertos de otras decisiones, de otros modelos de educación y de vida. La imposición en el hablante para enuncie todos y todas no variará su razonamiento ni se reflejará en su acción. Es el uso de la lengua un reflejo del pensamiento, un resultado social que se condensa con la comunión de todos los estratos (educación formal, el hogar, el contexto social e histórico) y no una simple programación, no un producto artificial.

Si todos y todas comprendemos esta diferencia probablemente todos nos comprenderemos mejor.

 

 

               

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