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Mi Diario: Un carnaval con patas

Mi Diario: Un carnaval con patas

Querido Diario:

¿Te gustan los cuentos fantásticos? A mí tampoco. Pero te voy a contar uno casi divertido. Solo por hoy.

En un reino casi lejano, habitaba una doncella de cabello oscuro lacio y que siempre gustaba ataviarse con vestidos de diversos tamaños y colores. Su palacio era amplio y al frente tenía una cancha de fútbol. Pero lo mejor no era la cancha. Era los espacios para sostener conversaciones. Pero lo mejor no era la cancha, ni los espacios para sostener conversaciones. Lo mejor era una pulpería que estaba cerca. Así, tan típica y tan costumbrista, la pulpería era una expresión de aroma populacho. En esta pulpería, trabajaba un pulpero (no, querido amigo Diario, no es redundancia) que se consideraba el macho mejor formado de la creación por los siglos de los siglos.

El pulpero conoció a la doncella y como suele ocurrir en estos casos quiso “precipitarle el equino”, dícese de la costumbre de los galanes de cortejar a una dama hasta el hastío. La doncella no sentía ni remordimiento por el pobre pulpero y con el fin de librarse de semejante fastidio conversó francamente con él. Entre otras cosas le dijo que no fuera intenso, que no fuera a jugar fútbol a la cancha que estaba frente a su palacio solo para que ella le viera las piernas y la facha. Le dijo “mire, poblador peculiar que se dedica a la venta detallista, usted a mí no me mueve ni la tapa de la alcantarilla, no insista. A mí me gustan los carnavales con patas”. Y, con un resoplido real, la doncella le percutió los azotes de su cabello oscuro. El pulpero, abatido como un huevo en el fondo de un recipiente, solo pudo escupir una frase que había escuchado en una terrible canción popular tan bonita para qué si no tiene alma…

Mas el pulpero no habría de rendirse. Quiso indagar el significado de la sentencia que había apretujado su corazón. Corrió por el pueblo y preguntó. Nadie sabía cómo explicarle. Nadie había escuchado jamás tal denominación. Es como si la vida, además de arrebatarle la ilusión, le negara el aparente derecho indeleble de conocer los pormenores de su derrota.

Cuando estaba presto a rendirse, el cielo se compadeció de su andar compungido. Puso frente a él a un tierno oijoto. Dícese de un ser mitológico que se dedica como agente de investigación y protección especial que, en ocasiones, envía fotografías perturbadoras. El tierno oijoto estaba sentado en una banca manchada del parque del pueblo.

-Señor –le dijo el pulpero- necesito hablar con usted.

-¡Claro, buen hombre! ¡Hable usted!

-¡Qué servidor público tan gentil! ¿Sabe usted qué significa la expresión “carnaval con patas”?

El tierno oijoto levantó su mirada. Encontró en el pulpero una luz que le resultaba familiar. En su corazón, sintió un aliento cálido de camaradería. Era como encontrarse un hermano, no de sangre, sino uno mucho mejor: un hermano de desgracia. Cuando por fin reaccionó, le contestó con el amor de un hermano mayor:

-Siéntese, compañero. Su historia y la mía deben hacerse compañía.

El pulpero aceptó el ofrecimiento no sin antes sentir una rareza sublime que le hacía cosquillas en la nariz. Pero pronto también se armonizó con la empatía del extraño. En silencio, como suele ocurrir en estos casos, comprendió todo.

-Mire, compañero –siguió el tierno oijoto- lo que usted me pregunta es doloroso, indignante, pero real.

-¿A qué se refiere?

El tierno oijoto puso su mano derecha sobre el hombro del camarada y con la resignación ganada en tantas batallas perdidas serenamente lo explicó:

-Un carnaval con patas es cualquier hombre más guapo que usted, incluso, más guapo que yo, y compañero, eso ya es decir mucho.

El pulpero no lo podía creer. El camarada hermano que estaba a su lado también lo había sufrido. Quiso abrazarlo, pero le pareció inconveniente. Solo pudo inquirir tratando de mostrar una real preocupación:

-Camarada, ¿pero qué hizo usted que provocó el rechazo de ella?

El tierno oijoto respondió con un evidente arrojo de dolor.

-Le envié unas fotos indebidas. ¡Cómo si fuera la gran vaina! Y, ¿usted, compañero?

El pulpero sintió como sus entrañas se laceraban y naufragaban en tibios riachuelos de amargura.

-La acosé sin misericordia.

Se encontraron en una mirada solidaria. Se abrazaron. Era el dolor compartido.

Juraron nunca poder comprender la negativa de la doncella, si ambos eran tan buenos pretendientes. Juraron vengarse de un carnaval con patas. Y, al unísono, animaron su espíritu. Caminaron juntos y se perdieron en el pueblo, como dos infelices que jamás podrán separarse.

Fin.

¿Te gustó querido Diario amigo? A mí tampoco. Mañana sí te arranco algunas carcajadas. Lo prometo.

Tuyo, Yo.

               

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