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Mi Diario: ¿Preguntas?

Mi Diario: ¿Preguntas?

Querido Diario:

No sé vos, pero yo me asombro con ciertas preguntas de mis prójimos cercanos. Me asombra la capacidad inagotable para exasperarme y para propiciar en mi yo interno veintiséis respuestas diferentes, todas con el mismo elemento en común: si las articulo (como bien quisiera) heriría susceptibilidades.

Empecemos, pues.

En mi propio hogar, suele enunciarse una que me divierte: estando cuatro personas (mi mamá viendo tele, un hermano descansando luego del arduo día de trabajo, otro que toca la puerta del baño y yo) el sujeto que toca la puerta del baño lanza el cuestionamiento profundo ¿quién está ahí? Quisiera contestarle “pues ¿quién más? ¡El lechero!” O, por qué no contestar, “Un simple redactor y en este instante preparo un documento que no querrá usted leer”.

Como en todo barrio de este infeliz pero querido país, con mucho orgullo debo admitir, tenemos también un chino en una pulpería. A pesar de todo lo que pueda decirse, el chino me cae aproximadamente bien, aunque en ocasiones lance joyas discursivas. Reiteradamente, a pesar de tener la mercadería que voy a comprar bajo mi indudable custodia, el simpático chino pregunta: “¿Eso es lo suyo?” ¡Hombre, pues claro que todo esto es mío!, pero si se refiere a la mercadería, no, se la estoy vigilando al vecino para que no tema mientras busca lo que le falta.

Hace unos días, fui testigo de una de las preguntas más inútiles pero célebres a las que uno como simple mortal puede aspirar. El teléfono de la casa replicó y con urgencia lo atendí. La voz del familiar emergió del anonimato: “¿Está en la casa?” ¡Ah caray!, la verdad no sé si estoy o si soy. ¿Y si estoy es en realidad admitir que soy? O, acaso, ¿aferrarme a lo que soy determina dónde estoy? ¡Oh, Dios! ¿Por qué me das este dilema?

Viene a mi memoria otra de esas preguntas insólitas. Una familiar, de esas que si uno se encuentra en la calle jamás pensaría que se comparte algún rasgo de familiaridad, al desconocer mi ocupación indagó. Tal pregunta no representa algo espeluznante. Es lo que sigue. Al contestarle que soy profesor, cuando esperaba que preguntara profesor de qué, me lanzó a quemarropa un “¿dando clases?” ¡Jamás! ¿Cómo se le ocurre semejante bajeza? Analizando sesudamente la pertinencia de barrer a favor o en contra del viento.

Ya lo ves, querido Diario amigo, no hay preguntas tontas, solo invivibles como yo que las notamos y las embarramos en nuestro sarcasmo para llevarlas por el buen camino.

Tuyo, Yo. ¿Pero sos mi diario, verdad?

               

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