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Mi Diario: La herencia

Mi Diario: La herencia

Querido Diario:

En el curso normal de las cosas, a esta etapa bien podría llamársele tiempo de herencias.

A raíz de lo sucedido semanas atrás, como un recuerdo invaluable ha llegado a mí la herencia de mi tío. Probablemente, él en ningún lugar estipuló que yo recibiera ciertas prendas, pero la distribución quedó en manos de la esposa y mis primas. Yo las recibí con gratitud y con la convicción de que se tratan de auténticos tesoros.

No voy a detallarte la lista de lo recibido, al final de cuentas la misma es algo secundario. Prefiero hacerte partícipe de la sensación que aún revolotea.

Cuando recibí las prendas heredadas, percibí aún una atmósfera de dolor innegable. Pero, como una oleada salvadora, se aproximaron los recuerdos y como un bálsamo, se encargaron de lubricar las heridas que definitivamente nunca se cerrarán. Ese toque demoledor de la muerte nunca podrá ser superado por nada. Algo tiene la muerte que se encarga de amplificar en ecos el silencio, para volverlo un espasmo estentóreo. Hubo varias sonrisas espontáneas. Los recuerdos surten un efecto leve, pero contundente.

En el cuarto donde tío solía descansar durante las tardes, imperan un par de afiches alusivos al equipo de fútbol de sus amores, ese mismo que siempre nos unió. Sobrevive un orden que difícilmente será alterado, así como un gabinete gigante donde se resguardan unos discos de acetato que impregnaban con alegría los momentos de ocio de él. La ropa que le pertenecía ha empezado a desaparecer de los ganchos, así como sus zapatos. La viuda lo dice con claridad “para qué conservar eso si voy a torturarme”. Pero de nuevo, un recuerdo agradable surcó la pesadez del momento.

Hace un par de años, en una visita a un lugar muy retirado, mi tío conoció a un señor de apariencia humilde. Ese día, mi tío llevaba un sombrero de ala ancha que rara vez utilizaba pero que para los efectos del día le resultaba muy conveniente. En términos simples, el señor de apariencia humilde quedó encantado con el sombrero que tío llevaba y en más de una oportunidad lanzó indirectas para menear la piedad del dueño. La viuda, en medio de una sonrisa triste, lo resumió: “Juan era medio codo (expresión para referirse a una persona que no se desprende tan fácilmente de lo material) entonces yo le dije que se lo regalara, pobrecito el señor. Y Juan, luego de pensarlo, se lo dio. Parece que el señor quedó tan encantado que nunca más se quitó el sombrero y siempre que puede le manda a decir al señor que le regaló el sombrero que Dios lo bendiga mucho”.

La sonrisa fue breve pero mágica. Sirvió para desacomodar la tristeza que empezaba a ubicarse en la espalda. Con el fin de terminar de acabarla, por lo menos en ese instante, la prima remató la conversación. “Papi siempre contaba esta anécdota. Dice que un día entró a una cantina con Esteban (un nieto que adoraba inmensamente y viceversa) cuando estaba muy pequeño. Esteban le pidió una cerveza. En ese instante, un borracho que estaba ahí, bailaba de manera tan ridícula que valiéndose de eso papi le dijo a Esteban: Yo le regalo la cerveza pero va a quedar como ese viejo que está ahí bailando. Esteban quedó tan asustado de ver semejante cuadro que le dijo a papi que mejor le regalara una coca”. Según detalló luego la prima, a pesar de su padecimiento, mi tío jamás habría de olvidar esa historia, porque sin importar dónde estuviera o el fondo temático de alguna conversación, él la  relataba con el mismo sabor picaresco de siempre.

Algo tiene la muerte que magnifica las historias, las anécdotas del ausente. Podrá ser para siempre ese peso sanguinario que causa en el alma una grieta eterna, pero de la misma forma concede el milagro de encontrar en una historia, a la vista simple, un alivio infalible.

Yo me quedo con la imagen de un tío trabajador y amable. De un hombre sonriente que siempre me regalaba un copo, que más de una vez me invitó a ver un partido del equipo de nuestros amores, en aquella época en la que en mi casa no había televisor por culpa de un ladrón. La viuda quiso darme la camisa original de ese equipo que tanto amor le inspiraba a mi tío y que él solía vestir con el pecho lleno de orgullo. No creo merecer semejante recuerdo, pero la tengo en mi poder. La voy a conservar con mucho cariño.

Tuyo, Yo.

               

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