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Egoísmos

Egoísmos

Querido Diario:

Probablemente, uno de los defectos más llamativos es el egoísmo. Esa ambiciosa necesidad de mantener al yo debidamente alimentado puede sobrevolar muchos límites, invadir intempestivamente otros “yoes” e instalarse rabiosamente y carcomer todo lo que encuentre.

En lo personal, “admiro” esa capacidad egoísta de gente que ni siquiera se percata de serlo. Le sale con una asombrosa naturalidad. Simplemente se sienta a esperar a que el mundo se rinda paso a paso a sus pies y que todo se decante sobre su costado. “Admiro” esa tranquilidad que tiene el egoísta que con posible inocencia se comporta al margen de los demás. Le vale una rebanada de guango el dolor de otros, la mala racha de otros, el infortunio de otros, pero curiosamente sí se percata de la buena ventura de los otros. ¡Qué dichoso el egoísta que al parecer actúa con inconsciencia! ¡Jamás tendrá la culpa de nada! ¡Jamás sufrirá de un terrible mal llamado empatía!

Lo curiosamente jodido se da en los egoístas descarados. Los que toman y toman y toman de la paciencia, de la buena voluntad y de la entera disposición de los otros y una vez que comprueban que poca utilidad podrá haber emprenden la estratégica retirada. Son los que argumentan que no saben qué decir en una situación difícil. Son los que no tienen reparo en regar en el oído vecino sus dolencias y una vez que descargan su alma se sienten aliviados y cuando se presenta la oportunidad de corresponder siempre saben ponerse la ropa del ausente y desaparecen astutamente. ¡Qué dichosos los egoístas descarados! ¡Jamás conocerán ese monstruo miope llamado remordimiento!

Es probable, querido Diario amigo, que en algún momento de mi rocosa vida haya actuado miserablemente egoísta. No sé si enteramente puedo encajar en alguno de los grupos que tengo identificados. Procuro no ser egoísta. Procuro prestar atención a los demás cuando se acercan o cuando envían señales inconfundibles de auxilio. Es claro que todos necesitamos atención en alguna medida. Más claro es aún que todos tenemos una historia que en alguna medida nos quema y nos consume. ¿Cuántos males podrían resolverse si tuviéramos la capacidad de escuchar y mostrar empatía por el otro? Está bien si no se puede siempre ayudar. Pero escuchar atentamente, sin distracciones, con desapego momentáneo por lo propio, muchas veces suele ser una ayuda invaluable.

Pertenezco a un terrible grupo de personas que mira hechos y los analiza silenciosamente tal vez de forma errónea, tal vez no. El inicio de este año me mostró personas egoístas (en ambos grupos) y es probable que siembre una distancia solventemente sana. Procuro no ser egoísta, pero he aprendido que no admito egoísmos. ¿Y si a la larga eso fuera una manifestación de un “yo” ardido? Por eso, me caen mal las introspecciones.

Tuyo, egoístamente, Yo.

               

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